Egipto vive uno de sus
momentos más críticos desde la caída del régimen de Hosni Mubarak, en febrero
de 2011. Las fuerzas armadas y la policía, a las órdenes del General golpista
Abdelfatah, junto al gabinete de transición, han llevado a cabo la masacre más
sangrienta que recuerdan los egipcios en muchos años.
Las cifras oficiales
(habría que subirle algunos más) reconocen 778 muertos y miles de heridos por
bala. Informadores de medios internacionales han asegurado que el ejército
disparaba desde los helicópteros a la masa de manifestantes de los hermanos
musulmanes, al bulto. Tenían orden de disolver las acampadas en varios puntos
del país a toda costa y sin reparar en medios. El resultado es dantesco.
Rápidamente se viene a
la memoria lo ocurrido hace 20 años en Argelia, cuando el Frente Islámico de
Salvación ganó las elecciones y su no reconocimiento costó la vida a 140.000
argelinos, que aún lloran el desastre de la intervención de occidente guardando
en su interior un rencor justificado.
Egipto va por la misma
senda. Los países occidentales que apoyaron, promovieron, alentaron y
aplaudieron las movilizaciones contra el presidente democráticamente elegido,
Mohamed Morsi, aceptando de muy buen grado el golpe de estado del ejército el 3
de julio pasado, ahora se rasgan las vestiduras y solicitan pare la represión y
llaman a la calma para recuperar la senda democrática en el país. Los mismos
que provocaron el Golpe de Estado para acabar con la democracia ahora quieren
aparecer como sepulcros blanqueados.
Las reacciones de
occidente son tímidas, demasiado tímidas. Recuerdan aquellas manifestaciones
públicas de los expertos estadounidenses sobre los dictadores del cono sur,
cuando indicaban que eran unos hijos de puta, pero que eran sus hijos de puta.
Mucho me temo que hayamos entrado en la misma dinámica intervencionista (ahora
en el mediterráneo africano), con mucha hipocresía, poca vergüenza y demasiados
intereses económicos que no pueden justificarlo todo.
El gobierno de Morsi,
de los hermanos musulmanes, resultó electo en unas elecciones limpias y
democráticas. En un principio se le apoyo, pero al primer giro de políticas no
complacientes con occidente se organizó, maquino, apoyó y ejecutó el golpe de
estado. Cuando los resultados democráticos no nos gustan abortamos la
democracia sin problema.
Miles de familias
egipcias lloran hoy a sus muertos y heridos. Se ha declarado el Estado de
Excepción y el Toque de Queda, comenzando en los próximos días una persecución
selectiva de los cuadros de los hermanos musulmanes para desmantelar las
protestas desde abajo. Las cárceles se llenarán de aquellos que hace un año
hacían campaña electoral por todo Egipto y celebraban el triunfo en las
elecciones con libertad.
El conflicto está
servido y occidente debería comenzar pidiendo perdón por apoyar el Golpe de
Estado. Desestabilizar Egipto es poner en riesgo toda la zona y asesinar a
personas desde los helicópteros sólo ayuda a que la rebelión se generalice en
pos de una situación de guerra civil.